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Azkuna abre la puerta a que el Centro de Artes Escénicas no vaya en La Alhóndiga
Barrios con un fuerte pasado industrial y numerosos pabellones abandonados, como Irala y Rekalde, reivindican este equipamiento cultural para 'resucitar'.
Puede que algunos pabellones industriales abandonados en diferentes barrios de Bilbao disfruten de una segunda vida que no tiene nada que ver con los obreros y la producción en serie. Asociaciones vecinales de zonas como Irala y Rekalde han iniciado un 'cortejo' con el Ayuntamiento y el Gobierno vasco para que el futuro Centro de Artes Escénicas se instale en sus antiguas y espaciosas naves, ya que el propio Ejecutivo autónomo afirmó estar planteándose ubicaciones complementarias a La Alhóndiga por su falta de espacio. Y el alcalde de la villa, Iñaki Azkuna, no ve con malos ojos la proposición. Según declaró ayer, no tiene «ningún inconveniente» en que el complejo se haga «en Rekalde, en Buia o en Otxarkoaga», pero insistió en que el acuerdo con la Consejería de Educación sobre la ubicación del complejo en La Alhóndiga «no se ha roto y sigue en pie».
Azkuna también recordó que «para traer a Bilbao» el equipamiento, el Consistorio ofreció el céntrico edificio remodelado por Philippe Starck «porque teníamos la ocasión y es propiedad del Ayuntamiento». En este sentido, destacó que, si se optase por pabellones de algún barrio como Rekalde, hay que tener en cuenta que «no son» de titularidad municipal, por lo que el Gobierno vasco debería comprarlos a sus propietarios privados. «No me opongo, siempre que el centro se quede en Bilbao. Veremos qué hace el ejecutivo que entre», deslizó.
Así, la pelota está en el tejado de Educación. Y mientras se decide el emplazamiento del Centro de Artes Escénicas, los vecinos de los barrios con más edificios industriales en desuso no dejan de cantar las excelencias de estos inmuebles. Es el caso de Irala, que ve en este equipamiento la inyección de vida que necesita. Porque hace tiempo que los bares de la zona dejaron de hacer el agosto sirviendo menús del día y carajillos a tutiplén a los trabajadores de los pabellones. Muchos de estos locales entrañables, que habían crecido al calor de la pujante actividad de la zona, murieron con la caída en picado de factorías y talleres, como ocurre con los siameses que comparten destino. En la calle Andrés Isasi sobrevivieron a la debacle unas pocas empresas -imprentas, recambios de automoción, compañías de limpieza- que aún hoy dan fe de su existencia con un fondo de golpes metálicos que se oyen a lo lejos y operarios que conversan.
Pero estos no son los únicos indicios de vida en las antiguas naves. Hace más de cuatro años empezaron a verse por la zona jóvenes que no respondían al arquetipo obreril y que miraban con interés su estructura arquitectónica. Donde otros sólo veían espacios ruinosos, ellos percibieron un mundo de posibilidades para desarrollar su trabajo. Se quedaron y se bautizaron como L'Mono. Ahora son parte de la vanguardia de base más viva de Bilbao, junto con algunos 'brotes' más en Rekalde y Zorrozaurre.
Sin columnas
En sus dependencias de 750 metros cuadrados -a las que se accede por un vetusto ascensor que resuella como una bestia cansada- hay estudios de creadores, se organizan conciertos, festivales, espectáculos de danza y teatro, 'performances', cursos de masaje... Y los vecinos, que en principio asistieron con recelo a su desembarco, están encantados de que la zona haya resucitado un poco con su presencia. No es la época de los carajillos, pero les ha hecho soñar con la posibilidad de que el barrio resurja. Aseguran que algunos de los pabellones ya tienen sentencia de muerte en forma de licencia de derribo y saben que el paso siguiente es la construcción de pisos. «Queremos otra cosa para el barrio, proyectos culturales... Y no estamos en contra de la vivienda, pero preferimos que sean pisos tipo 'loft' para jóvenes o de alquiler social, fórmulas distintas a las habituales», explica Juan Mari Zulaika, de la agrupación ciudadana Goiuri, que, ya jubilado, se ha sumergido gustoso en el espíritu alternativo que ha empezado a arraigar en Andrés Isasi, donde también hay un dinámico gaztetxe, 'Izar Beltz', que ofrece platos veganos a un euro.
«Hay personas que han visto el negocio y han comprado locales con intención de especular -denuncia Ana Blanco, una compañera de la asociación-. No es ése el futuro que necesitamos para Irala. ¡Queremos imaginación, que esto no sea un barrio dormitorio!». Así que piden a las instituciones que compren los locales a sus propietarios privados y los conviertan en «un bien para toda la sociedad» antes de que el urbanismo voraz los fagocite. Según advierten, el enclave es ahora una golosina para los constructores, con su apertura a la ciudad gracias a la flamante Avenida del Ferrocarril y el soterramiento de Feve, que en breve permitirá que Irala y Rekalde se miren cara a cara después de toda una vida separados por las vías.
Además, Juan Mari y Ana no se conforman con cantar las excelencias de los pabellones y su entorno. Prefieren enseñarlos por dentro y mostrar las dependencias de L'Mono como ejemplo de que no están proponiendo una majarada. Así que los vecinos se internan en el interior del edificio y buscan en los buzones el piso donde se han establecido los jóvenes creadores. Es fácil de adivinar, es el más colorido y pintado de rotulador. Olaf Kehler, un risueño coreógrafo alemán, abre la puerta y, como buen anfitrión, da la bienvenida a los visitantes, que miran los locales con aprobación. Un escenario para conciertos, una pequeña barra forrada con un papel estampado de plátanos, carteles de anatomía y trajes de flamenca en los rincones, proyecciones con paisajes bucólicos de vacas pastando, sofás y butacas -cada uno de una madre y posiblemente recuperados de la basura- que crean un acogedor ambiente en esas estancias sin columnas y de amplios ventanales... Pero la sala 'reina' es la de baile, donde han instalado un suelo de madera para ensayar. «He metido aquí más horas como carpintero que como bailarín», bromea Olaf, quien, junto a sus compañeros, ha convertido los antiguos dominios de Laminados Velasco en una burbuja creativa.
Pagan 3.000 euros al mes de alquiler, «ningún superchollo», aclara el alemán, que, pese a proceder de una localidad pequeña -sólo famosa, según explica, por un caso de exorcismo mortal en 1976, por su vino tinto y su arcilla para hacer minas de lápices-, ha viajado mucho y ha vivido en los ambientes más alternativos de Amsterdam, Londres y Colonia. «Bilbao está bastante atrasado en este sentido. La cultura no sólo es el Guggenheim. Hay que impulsar a los artistas de base. Berlín, por ejemplo, es una de las capitales culturales de Europa y hay mucha actividad así», recalca. Juan Mari y Ana le escuchan y asienten. «Sí, en otras naciones esto ya es cosa vieja», comentan, y se marchan de L'Mono soñando que eso es el principio de un nuevo futuro para Irala. Sobre todo ahora, que Azkuna no les ha lanzado un jarro de agua fría para despertarles.
(El Correo Digital de Vizcaya, 9 de marzo de 2009) |