Casi 70 hectÁreas de suelo de bodegas se han destinado a pisos y negocios en dos dÉcadas.

La desaparición de los enclaves bodegueros en las localidades del Marco de Jerez ha sido un proceso paralelo a la expansión de el ladrillo y los intereses inmobiliarios, que también se ha visto empujado por la crisis de ventas de las bodegas de esta comarca productora, en la que hoy en día el vino es una seña de identidad, pero no el motor de la economía local.

Las cifras no dejan lugar a dudas, y en los últimos 15 ó 20 años localidades como Jerez, El Puerto de Santa María y Sanlúcar han llegado a perder unos 700.000 metros cuadrados, unas 70 hectáreas, de suelo bodeguero, aunque hay que reconocer es el primero de los municipios citados en el que el desmantelamiento de los cascos de bodega ha alcanzado mayores cotas, y aglutina un 80% de esos 700.000 metros cuadrados.

Los datos son difíciles de recopilar, porque la desaparición de las bodegas ha sucedido de forma progresiva y ni siquiera la Gerencia Municipal de Urbanismo de Jerez (GMU) dispone de un cómputo exacto de una realidad que sin embargo es palpable con un simple recorrido por el centro de la ciudad.

Sin embargo, los profesionales del Marco de Jerez y las organizaciones sectoriales que forman parte de la Denominación de Origen sí tienen claro que desde finales de los 80 y principios de los 90 a los tiempos actuales se han perdido unas 700.000 botas de vino de las existencias que acumulaban las bodegas. Y es que entonces se contabilizaban 1.200.000 botas, que ahora se han quedado en unas 500.000, y al aplicar el cálculo de que cada una de estas barricas ocupaba un metro cuadrado se da una idea bastante concreta de la cantidad de suelo que ha quedado a merced de los constructores.

Porque la gran beneficiada de este abandono de la actividad bodeguera ha sido la construcción, que ya tenía puestos sus ojos en los miles de metros cuadrados que han ido quedando libres en las zonas más céntricas y mejor situadas de las ciudades.

Un ejemplo de esto fue la venta de las instalaciones de Williams & Humbert en la milla de oro de Jerez, en las inmediaciones de las calles Paul, Santo Domingo y el entorno de la plaza de toros, que dejó libres unos 60.000 metros cuadrados, en los que se incluían unos 25.000 de jardín que ahora público. En este caso, fue Urbis la constructora que se hizo con el suelo que antes era de uso bodeguero, y en el que hoy en día sigue levantando promociones de viviendas.

En líneas generales, la normativa para edificar en el suelo de estos enclaves tan característicos de la comarca y que forman parte del patrimonio es flexible, y según apuntan desde la GMU «lo que se hace es estudiar cada caso puntual, y aplicar los preceptos del Plan General de Ordenación Urbana, que establece una protección para estos cascos». En este sentido, la obligatoriedad para los constructores depende de la bodega, de su valor arquitectónico y artístico y también del estado en el que se encuentre, pero en la mayoría de las ocasiones lo que se exige es que se respete la estructura exterior.

Así, hoy en día hay muchísimos enclaves en el centro de Jerez que respetan la fisonomía bodeguera, pero en los que en vez del olor a vino lo que se encuentran son bingos, supermercados, viviendas privadas o de construcción pública e incluso edificios que albergan equipamientos municipales.

Por mencionar sólo algunos casos, en las antiguas instalaciones de Williams en Paul hoy se enmarca la Delegación de Juventud; en la calle Rosario se levanta el Conservatorio de Música; en la Puerta de Rota, en unos terrenos que vendió hace unos años Domecq, Emuvijesa está construyendo sus loft; las enormes instalaciones de Garvey en el Mamelón dieron pie a la construcción de supermercados (Divina Pastora) o la actual sala del Callejón de los Bolos; sin olvidar que asociaciones también están instaladas en antiguos cascos, como Madre Coraje en la sede que le cedió Urbanismo en Méndez Núñez.

Un punto de inflexión importante en la recalificación del suelo bodeguero para otros usos tuvo lugar en marzo de 1999, cuando el Pleno municipal de Jerez aprobó una modificación puntual al PGOU vigente con la finalidad de «reutilizar los espacios bodegueros en desuso y así incorporarlos a la ciudad con nuevos usos urbanísticos». En esa ocasión -con el voto favorable del entonces PA y PSOE y las abstenciones de IU y PP- se liberaron de golpe miles de metros cuadrados del conjunto de Williams, de la Atalaya o de la manzana entre las calles Asta, Fontán y Lechuga.

Según el concejal de IU, Joaquín del Valle, «con ese acuerdo se perdieron elementos de primer grado de protección, incluso con el visto bueno de la Junta, y comenzó el proceso de traslado de las bodegas a las afueras». Y así seguirá con el nuevo PGOU, como ocurrirá en la calle Pizarro con la venta de Nueva Rumasa a Grupo Q.

(La Voz Digital de Cádiz, 10 de octubre de 2006)